viernes, 26 de febrero de 2016

26 de Febrero de 2016


No está nada mal. Casi un mes de diferencia entre una entrada y otra. Mi flujo energético es el de una tortuga prehistórica. Esta mañana, y ante la amenaza de dos días de intensa lluvia he dejado mi estado de reclusión mayor y me he levantado a las once. Después de la bendita ducha de agua caliente y un zumo de naranja y zanahoria amenizado con mis pastillas, decidí que al menos podía servir para leer un rato, sentada al sol. Mi empecinamiento a evitar que la niebla mental me convierta en una zombie me ha llevado a leer el libro más difícil que existe, al menos en cuanto a novelas se refiere. y aquí me tenéis, la misma que no recordaba hace un momento, ni la contraseña, ni la dirección del blog, ni dónde había decidido apuntarla, intentando leer al amigo Joyce y su Ulises. He decidido leerlo en voz alta como si fuera una sinfonía musical y muy, muy despacio. Sí, si puedo. Yes, I can.
Me he vuelto a poner después de cocinar de forma minimalista, plancha y verduras al vapor, y comer sin demasiadas ganas. Me he quedado tiesa y agarrotada. Cuando estoy sentada más de media hora en la misma postura,  produce que mis huesos y músculos se vuelvan olvidadizos y no haya manera de moverse sin parecer un robot de película de serie B de los sesenta por lo menos. He dejado el libro, y aquí me tenéis, compartiendo el rato con una máquina. Espero que algún día, otras fibromiálgicas rebeldes, me lean y me expliquen sus penas, penitas, penas. A ver si entre todas nos reímos un rato

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